El Mundo bajo la acera Mateo era un niño que veía el mundo de otra manera. Los ruidos fuertes le hacían apretar los puños, los patrones en las paredes lo hipnotizaban y, a veces, las palabras se le enredaban antes de salir. Su mamá decía que su cerebro era como un jardín lleno de flores raras, distintas, pero hermosas. Esa tarde, mientras caminaba de regreso a casa pisando solo las baldosas grises (nunca las rojas), una pequeña hormiga dorada cruzó su camino. No era como las otras, brillaba bajo el sol como si estuviera cubierta de polvo de estrellas. Mateo se agachó, olvidándose de su mochila pesada y del bullicio de la calle. La hormiga avanzó hacia una grieta en la acera. Sin pensarlo, Mateo la siguió, arrastrándose por el estrecho espacio. Cuando se incorporó, el aire vibró con un susurro de alas y hojas. Estaba en un bosque de hierbas gigantescas, donde los tallos eran como árboles y las gotas de rocío reflejaban mundos enteros. Las luciérnagas d...