El niño que domaba hormigas 🐜
En un pueblo polvoriento donde el sol derretía hasta los sueños, vivía Nico, un niño de ocho años con una habilidad extraordinaria: tenia el don de domar hormigas.
Mientras los otros niños jugaban al fútbol con latas oxidadas, Nico se sentaba junto a los hormigueros y, con paciencia de relojero, susurraba órdenes en un lenguaje que solo los insectos entendían. Las hormigas, en fila india, levantaban migajas como tributo o formaban figuras perfectas bajo su mando: algunos corazones, singulares estrellas, incluso su propio nombre escrito en la arena.
—¡Eso es cosa del diablo! —murmuraban las vecinas, persignándose.
Pero Nico solo sonreía. Sabía un secreto: las hormigas no le obedecían por arte de magia, sino porque él las escuchaba. Les traía gotas de miel, las protegía de los pies descalzos de los demás niños y, a cambio, ellas le mostraban el mundo bajo la tierra: extrañas raices que cantaban, piedras con memoria y un hongo luminoso que brillaba como una luna en miniatura.
Una tarde, un hombre de traje gris llegó al pueblo buscando "fenómenos extraordinarios". Ofreció dinero a los padres de Nico por exhibirlo en la ciudad.
—¡Imagínense!—dijo el hombre, ajustándose el sombrero, "El gran domador de insectos" en un escenario.
Esa noche, Nico se sentó junto al hormiguero más grande y susurró una pregunta. Miles de hormigas emergieron, tejiendo un camino negro hacia el horizonte. Al amanecer, el niño había desaparecido.
Nunca lo encontraron, pero años después, los viajeros que pasaban por el pueblo juraban ver, en los días de calor extremo, un ejército de hormigas formando la silueta de un niño que sonreía, mientras llevaban flores secas y botones brillantes hacia algún lugar bajo la tierra.
A partir de ese día, en el pueblo, ya nadie volvió a pisar un hormiguero.
FIN🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜🐜
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